El Corpus Christi siempre fue la mejor noche del año. Más incluso, que San Juan. Y es que las noches de Corpus huelen a flores, pichi, fiuncho, almendras garrapiñadas, algodón de azúcar, gasolina de coche de choque y patatas fritas. Y allá iba yo al pueblo de mi abuela a hacer las alfombras de flores. Soñando con, algún día, ser yo quien las dibujase. A tiza. Sin plantilla. Marcando qué pétalos irían en qué lugares. Como el Manitas de Art Attack y sus dibujos a lo grande.
Y por eso cuando me encontré el olor del Corpus dentro de un gel de ducha, me lo llevé. Era un gel
tamaño muestra de hotel, y estaba en la casa de "mis padres de Londres". Qué en realidad era “madre
divorciada a secas”, y de Lincoln. Pero eso no lo ponía en la beca de idiomas que estaba de moda entre los institutos de Vigo en aquellos años. Que todavía no había Navidad, ni dinoseto. Y así después de la ducha, robé el champú. Sin pensar ni un poquito en cualquier otra opción. Que los olores del pasado nunca se pueden guardar en el presente, cuando casi ni los recuerdas hasta que te los cruzas por la calle y te duelen en el estómago. Ahora, está en la caja de "Recuerdos". Que en realidad deberían llamarse “Tesoros”, como los pétalos de hortensia que fueron azules, rosa, lila, malva, violeta, púrpura y añil. O de cualquier otro color inventado. Como el color que nadie sabe cuál es, hasta la mañana siguiente. En la que pisas alfombras de flores como si hubieran llovido pétalos y ningún ángel estuviera triste.
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