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La tarta de fresa

  • 15 ene 2021
  • 2 Min. de lectura

Actualizado: 24 mar

La tarta de cumpleaños de Pablo, siempre era de fresas y nata. Que en marzo es temporada. A tres pisos, sobre tres bizcochos redondos y planos. Del Lidl. Así humedecidos con almíbar. En el piso superior, las fresas eran enteras y mantenían sus hojitas verdes, para cogerlas mejor. Palitos de confetti multicolor coloreaban los adornos hechos con nata de spray, rodeando la perfecta circunferencia rosada. Y unas velas que nunca se encendían a la primera, coronaban el pastel.
Mi tarta, era la de chocolate. Sin abuela. Con galletas y natillas de las que se repetían y lambía la tapa, que se quedaba pegada en el mentón. Se preparaba en la fuente del horno. La del pollo los días de
no cumpleaños. Con limón por el culo. Me gustaban las esquinas donde no encajaban las galletas, y el reto consistía en introducir la cuchara para disfrutar el mejunje, sin que se notase. Como cuando solo queda un trozo en la nevera y eres el cobarde que no avisa. O el espabilado. Como al calcular el trozo con figurita en el roscón de Reyes. El mejor piso, era el de arriba. Con el brillo del chocolate negro que se queda duro. Y los lacasitos. Esparcidos de manera simétrica desde sus envases cilíndricos que encajaban en los dedos, haciendo ventosa. Con sus colorines. Con su desteñido de nevera el día siguiente. Con sus letras y combinaciones.

F E L I Z C U M P L E A Ñ O S C L A R A

Ahora, ya no me gustan los cumpleaños. Que la vida de mayor los hace imposibles, injustos e insuficientes. Y que es mejor no arriesgarse, por si sale mal. Pero quizás el año que viene sí me apetezca estar de cumpleaños. Y si es así lo celebraré, por la tarta.
 
 
 

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