top of page

El río

  • 25 jul 2019
  • 1 min de lectura

Actualizado: 24 mar

Era un río oscuro y vacío y sonaba tan grande. Y entonces volví a respirar reconociendo qué es el aire. Como cuando tienes cinco minutos y son para ti. Había plantas verdes y la melena de Ofelia. Y sus flores jugaban a sumergirse y respirar. Rápidas. Como los pájaros que picotean la orilla y las ranas que juegan al escondite. Me metí en el agua. Pese a no ser yo mucho de bañarme. Que el frío me rompe por encima del ombligo. Pero había un rayo de sol y el agua era tan profunda que pensé “bébeme despacio”.
Nadé y floté de todas las maneras posibles. Menos a mariposa. Que si supiera volar, ya conocería las estrellas. Que a veces, habitan en el twister inventado de dos cuerpos enredados. Y ya sin horquillas ni moño, no me importó poder rayar cristales con todo mi cuerpo. Sentir que había terminado el centrifugado y podía abrir la puerta de la lavadora.
Salir.
La hierba estaba para tirarse. Y entonces sincopé con el sol arriba y abajo y abajo y arriba y ni bañador ni toalla. Que allí olía a tierra mojada de la que mancha más que la arena. Al verde que te quiere, verde. Verde viento. Verde ramas.
Y tú sonámbula, despierta en el agua. Donde el romancero hizo burbujas, y tú te las bebiste.
 
 
 

Entradas recientes

Ver todo

Comentarios


bottom of page