Cuando Pablo, Álex y yo paramos para comer, lo hicimos en un parking de caravanas. Abandonadas, como en las pelis. Estaba el mar, como en todo lo importante, y era turquesa. La playa, de piedras. Y llovía una lluvia de las que siempre acaban mojando. Me bajé del coche y decidí acomodarme encima de un neumático ciscado. Con el culo bien encajado. Y me dispuse a abrir una lata de atún. Para el bocata. Una de las complicadas, ovalada, que los dedos resbalan con el aceite que nunca escurre bien. Que en realidad no sé por qué compro atún en aceite. Y de postre, bote de Nutella. Que es lo más importante en un viaje de verdad. Como el Spetec y los conguitos de gasolinera. De repente, en el horizonte apareció un hombre. Llevaba un chubasquero amarillo y una caña de pescar. Y nunca me gustaron tanto el turquesa y el amarillo juntos. Cambió de rumbo. Hacia mí. Y asumiendo el encuentro como inevitable, me sacudí las migas de las tetas y preparé para cualquier tipo de conversación. Que allí todo era posible. El grumete mágico me pidió algo dulce. Con azúcar. Que hacía cuatro meses que vivía allí solo, en la caravana del final de la playa. Y yo le ofrecí unos páltanos. Que eran amarillos como él. Y un potito de naranja, manzana y galleta. Entonces, me llevó hasta la orilla del mar y contó un secreto. De los que no dan miedo aunque se susurren. Y señalando donde las olas partidas sonaban especial contra las piedras, me explicó que estábamos en La playa de la fortuna. Y en La playa de la fortuna, las piedras son de colores. Colores especiales que no están en la Tierra. Colores espaciales que no caben en las fotografías. Él buscaba oro. Que yo, no encontré. Pero fui tan, tan feliz que nadie se enteró. Que ni Pablo ni Álex se creyeron la historieta, ni yo volví a ver al hombre mágico del chubasquero amarillo. Ojalá haya encontrado lo que buscaba. En algún agujero de bolsillo. O en la comisura de la boca, donde la sonrisa invisible. La que colorea dentro, la que guardas para ti.
Comentarios