Sira miraba lejos, muy lejos. Cerca de Berlín. Y con ella, sentía yo también.
La luz se colaba por la ventana en escala de grises, donde solo rozaban el violeta y su dolor. El humo que era polvo, como cuando se barre la casa. Una luz tan de verdad que traspasaba todas las membranas. De la piel y de ti.
Era bonita. Esa malencolía.
Sonó una canción y se abrió un paréntesis. Un pestañeo. El justo y necesario para darse cuenta de la belleza del momento. De que estábamos contando algo. Rodando una peli.
Y entonces recordé que la felicidad es algo que te toca la espalda sin que te des cuenta. Como cuando querías ir al mar y todo este tiempo, estaba tan cerca.
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