Mi función era sujetar una puerta. Y allí esperaba escondida a que alguien gritase “Motor” y al silencio de después. Pero Jean, que es actor y de los de verdad, decidió seguir su conversación. A la que solo le faltaba “la frase importante”: esa que se cuela cuando todos se han callado y tú pensabas que nadie escucharía.
Y es que después de tantas jornadas de rodaje, cansancio acumulado, secuencias complicadas y sentimientos encontrados; ese no era el mejor de los días. Y por eso Jean, que sabe leer los ojos y los míos estaban llenos de cansancio, dijo:
“No puedes jugar con tu sensibilidad, sin pagar algo a cambio”.
Pensé que tenía toda, toda la razón del mundo. Y no le respondí. Que me sigo sintiendo pequeñita cuando estoy con las actrices, con los actores.
Pero, sí me quedé pensando, antes de que abriesen la puerta y me dieran con ella en las narices, que vivir de cine y vivir del cine no son sinónimos. Aunque a veces lo parezca. Aunque menos mal que a veces lo parece.
Y que eso te lo puede decir desde la auxiliar de atrezzo, hasta el gran Jean Reno. Que al final las ojeras, siempre son compartidas.
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