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Los Mallos

  • 25 jul 2019
  • 1 min de lectura

Actualizado: 24 mar

Ángel y Pipo caminaban con la satisfacción del jubilado. Como si lo hubieran hecho bien. Habían trabajado durante años en Zaragozá, pero siempre había sido de los Mallos. Y por eso cada fin de semana, iban al pueblo a poner una piedrita en la que ahora era su casa. “Esa de ahí que está sin pintar, ves? La de la ropa tendida a secar”.
Y entonces, siguiendo el dedo que señalaba y la mirada que se perdía, entendí qué es el valor del trabajo. El orgullo modesto e ingenuo, la ilusión cumplida. Y todavía un poquito más cada piedra de la casita de la ropa tendida. Me preguntó entonces qué quería construir yo. Y con el consejo de quien te encuentras cuando viajas sola, me recomendó que lo fuese pensando, que parece que el futuro nunca llega, pero que "sí que llega, claro que llega, pues!”. Que él no temía que le cayera ninguna piedra en
la cabeza, porque había escogido dónde morir.
Se despidió después de que yo le preguntase el nombre. Que Pipo tenía que hacer sus pises. Y darse su paseíco. Y es que Pipo era en realidad un perro salchicha, e iba con correa automática de las que hacen clack-clack cuando se recogen a destiempo.
No sé qué será de Ángel, ni de Pipo. Pero espero que siga habiendo ropa tendida a secar.
Que ojalá siga siendo la casa más bonita del mundo,
porque alguien la mira así.
 
 
 

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