Te diré que estoy bien. No te hablaré de las noches, de la nevera, del baño. Que hay días que no recuerdo mi voz, que no me puedo mover. Que el tiempo se ha derretido y las horas pasan lentas pero ya es de noche otra vez. Que duermo catorce horas más la siesta. Que ojalá más. Que necesito compañía, más allá del moho en la nevera y los hongos en la espalda. Que no la soportaría. No te hablaré de la masa. De esta cabeza que no se calla, no se calla, no se calla. Que falla. Que tomo el sol y me da igual, voy a la piscina y me da igual, leo y me da igual, no siento nada y me da igual. Que necesito ayuda. Que no me ayudes.
No te diré que me ducho sentada, porque no me sostengo de pie. Y entonces levanto las manos y observo cómo las gotas cuelgan de mis dedos y así estoy un minuto, diez, una hora. Y después me seco el pelo, y pongo crema y colorete, y más colorete. Y hasta parezco sana y normal. Iré a hacer esto y lo
otro y estaré allí pero en realidad no estoy. Me habré quedado en alguna esquina de la mente, de la cama, del rincón. Aquí quieta, lenta, inservible. “Has alcanzado tu límite diario”.
Me diré que estoy en ello, que poco a poco, que con calma, que yo puedo con todo, que todo pasa por algo, que mañana es otro día. Que esta vez será más corto. Más rápido. Indoloro,
incoloro. Que podría ser peor. Me diré no sé cuántas gilipolleces más. Esperando. A que cambie el tiempo, la química, tú. Tú y yo. Yo.
Mentiré. Los trapos sucios se lavan en casa y la ropa interior se tiende dentro. Y es que te diré que estoy bien. Que todo va a estar bien. Y a ti te gustará escucharlo, porque en realidad no querías preguntar: sólo hablar de ti.
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