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Pájaro

  • 4 abr 2019
  • 2 Min. de lectura

Actualizado: 24 mar

Ayer lloré de bonito. Y es que a las seis de la mañana ya ni se llora de cansancio. Te conviertes en niña pequeña y esperas que no salga ningún monstruo del armario. Que mamá se levante y te lleve al cole. Que tu amiga se despierte y es que te invitó a dormir y te da vergüenza ir a hacer pis.
Ayer lloré porque escuché a un pájaro. De los de hoy ya es mañana aunque no haya luz. Contaba secretos de los que se pueden gritar. Como que has comido una hamburguesa con patatas fritas. Y kétchup. Como que te quiero y es verdad. Como que siempre quise volar pero los superhéroes no existieron. Ni los Reyes Magos* tampoco. A veces hasta no existía nada que no fueras tú.
Pero ayer un pájaro cantaba solo solito en esa calle tan estrecha y tan vacía de gente. Un pájaro que quizás solo yo escuché. Aunque él no lo supiera. Y es que cantaba tan fuerte y tan de verdad que era otra vez era Primavera y la nariz fría pero huele diferente. Aunque este año durase un día sí y dos
meses no. Aunque las flores a veces duelan. Lloré porque sentí que aquí no hay muchas niñas pequeñas de esas de las noches. De las que escriben notitas en hojas que huelen bien. Que coleccionan pegatinas con purpurina. Que ven crecer lentejas y garbanzos entre algodones. Que sueltan globos y vuelan cometas.
Y es que quizás podríamos enlazar teléfonos de yogur e hilo. Jugar a escribirnos cartas y deslizarlas por debajo de la puerta. Solo contarnos cosas bonitas. Bonitísimas. Que a las seis de la mañana se pasa triste. Por mucho que canten los pájaros.
 
 
 

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